Sobre Anita

Nací en Talca, Chile, un día de diciembre, con el alma inclinada hacia las palabras incluso antes de saber escribir. A los cuatro años ya recitaba poesía, atraida por ese mundo invisible que habita entre los versos y que, desde entonces, nunca me ha abandonado.

 

Comencé a escribir a los once años y, a los dieciséis, obtuve el primer lugar en un concurso literario organizado por Correos y Telégrafos de Chile. Ese reconocimiento encendió en mí el sueño de ser escritora, aunque la vida me llevó por un camino distinto: estudié Ingeniería Comercial, en una familia donde escribir era visto como un hermoso, pero incierto, pasatiempo.

 

Durante años escribí en silencio. No porque faltaran historias, sino porque sobraban dudas. Guardaba mis textos como quien guarda un tesoro íntimo, compartiéndolos solo con los más cercanos. Aun así, las palabras siempre encontraron la forma de abrirse paso, como lo hicieron cuando escribí una columna en la revista Mundo Seguros, o cuando acumulaba historias que esperaban pacientemente ser terminadas.

 

La vida también me formó en el dolor y la resiliencia. A los 34 años enviudé, quedando con mis dos hijos, Constanza y Eugenio, de apenas 4 y 8 años. Fueron años intensos, de trabajo incansable en el mundo de los seguros y valores, sosteniendo mi hogar con determinación y amor, procurando que nada les faltara.

Ana Parada Casanova

Diez años después, el amor volvió a tocar mi puerta. Me enamoré, me casé y tomé una decisión que cambiaría mi vida: emigrar a Australia. Ese paso, profundamente marcado por el amor, abrió una nueva etapa, tanto personal como creativa, que sigue transformándose hasta hoy.

 

En 2010, el escritor Francisco Mouat incluyó tres de mis cuentos en el libro El Taller. En ese entonces, me desempeñaba como CEO de OxyAustralia, pero fue en 2012, tras cerrar ese ciclo, cuando mi hija me desafió a hacer lo que siempre había postergado: terminar una novela y publicarla.

 

Así nació Me enamoré de un Casanova (2013), publicada por Editorial Forja y presentada en la Feria Internacional del Libro de Santiago. Su éxito dio paso a una segunda edición en 2014, año en que también publiqué Amor, dulce amargo, novela que fue seleccionada por el Ministerio de Educación de Chile como lectura recomendada en colegios.

 

Desde entonces, no he dejado de escribir. Mis lectores han acompañado cada paso de este camino, confirmándome que las historias que nacen desde lo más profundo siempre encuentran su destino.

 

Escribo desde la emoción, desde la fe, y desde esa nostalgia sutil que deja la emigración. Mis novelas están atravesadas por el amor en su forma más pura: ese que no abandona, que no traiciona, que sostiene incluso cuando las fuerzas humanas no alcanzan. Es el amor que proviene de Dios, fuente inagotable de sentido y esperanza.

 

Mis protagonistas son mujeres. Mujeres fuertes, resilientes, reales. Mujeres como mi abuela, que enfrentó la vida tras enviudar, o como mi madre, que sacó adelante a cuatro hijas cuando la enfermedad golpeó a nuestro padre. Soy la mayor de cuatro hermanas, y en esa historia compartida aprendí a honrar profundamente el ser mujer.

 

Hoy, con mis hijos ya formados —profesionales, casados y seres humanos maravillosos— vivo una etapa donde convergen mis dos grandes llamados: la escritura y el servicio.

 

A través de mi programa de televisión De Mujer a Mujer, doy visibilidad a historias que inspiran y fortalecen el valor de la mujer en la sociedad. Y como Embajadora de la Paz, trabajo activamente promoviendo esperanza, diálogo y humanidad en un mundo que lo necesita más que nunca.

 

Porque al final, mi historia —como mis libros— no trata solo de mí, sino de la fuerza que nace cuando decidimos levantarnos, amar y volver a empezar.